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¿Consciencia artificial?

por Ricardo Pulido, Director de ASIA Santiago

Muchos creen que la inteligencia artificial podría llegar a ser consciente. Pero, ¿qué entendemos en verdad por “ser conscientes”? Este texto explora lo obvio y a la vez misterioso de nuestra experiencia más íntima: la conciencia como ese saber-sentir que no es un objeto más del mundo, sino la presencia viva desde la cual el mundo se nos da.

En los últimos envíos he compartido algunas diferencias decisivas entre lo humano y lo artificial: el pensar que no se reduce a procesar, la respiración como frontera radical, el diálogo interior imposible de simular, incluso nuestras sombras incómodas como la codicia y la aversión.

Hoy quisiera detenerme en una idea que me llama mucho la atención: la creencia, sostenida incluso por pensadores y científicos destacados, de que algún día una inteligencia artificial llegará a ser consciente.

¿Qué supuesto hay detrás de esta idea? Que la conciencia es una función de la mente que apareció gracias a la creciente complejidad de la vida. Y, en efecto, ¿quién podría pensar algo distinto? Para muchos, resulta obvio: si de la materia surgen células, y de las células organismos, ¿por qué no pensar que de suficiente complejidad emerja también la conciencia?

Quizás solo las tradiciones religiosas han sostenido otra hipótesis: que la conciencia es parte del alma o del espíritu, con un origen divino. Pero lo cierto es que, desde muy temprano en la educación escolar, lo que se nos enseña es otra cosa: que ser conscientes es un producto derivado de la evolución material, de átomos que, organizándose y complejizándose, dieron lugar a la vida y luego a la experiencia consciente.

¿Pero y si no fuera así? Vale la pena detenerse un momento en lo que realmente entendemos por “ser conscientes”.

En apariencia es algo tan obvio que casi no reparamos en ello. Nos despertamos en la mañana, sentimos el cuerpo, escuchamos ruidos a nuestro alrededor, y simplemente estamos ahí. No necesitamos esforzarnos para ser conscientes: ocurre por sí solo, de manera tan natural que lo damos por descontado.

Y, sin embargo, si nos detenemos un instante, descubrimos que es un hecho sorprendente. ¿Cómo es posible que haya un mundo apareciendo para nosotros en cada momento? ¿Cómo es que sentimos desde dentro el dolor, la alegría, la nostalgia, el silencio?

Ser conscientes es la experiencia más inmediata de nuestra vida. Y precisamente porque está tan cercana, dejamos de verla. Es a la vez lo más familiar y lo más misterioso: sabemos que estamos vivos y que hay un mundo que se nos da, pero no sabemos cómo ocurre, ni de dónde viene esa chispa íntima de presencia que lo hace posible.

Si buscamos una primera aproximación, podríamos decir que ser consciente significa, antes que nada, saber y sentir. Saber en el sentido de darse cuenta —algo que no le ocurre a un detector de metales: detectar no es lo mismo que darse cuenta. Y sentir en el sentido de vivenciar: que cada experiencia está acompañada de una sensación vivida desde dentro, imposible de reducir a un dato objetivo.

No es nada de obvio que en el universo, junto a las estrellas, los planetas, las rocas y los océanos, exista también esta capacidad de saber y de sentir.

Y, sin embargo, existe. Podemos señalar un árbol, una piedra o un río; podemos nombrar objetos, emociones o pensamientos como cosas que aparecen y desaparecen. Pero a la conciencia no podemos apuntarla de ese modo. No se deja atrapar ni señalar como un objeto más, porque es justamente la que apunta, la que indica, la que sostiene todo lo que aparece para nosotros.

Sé que a primera vista puede sonar descabellado: ¿cómo no va a ser “algo” la conciencia… y entonces qué es? Precisamente este carácter de no-algo hace imposible definirla. Pero tampoco podemos decir que no existe o que es nada, porque es nuestra vivencia más íntima: el hecho de estar experimentando, momento a momento. Lo único que pasa es que no puede convertirse en un dato objetivo, en un hecho del mundo. Solo podemos constatarla desde dentro, en primera persona.

El propio Wittgenstein, uno de los filósofos más influyentes del Siglo XX lo expresó con una frase muy clara: “El yo no es algo, pero tampoco es nada”. Cuando él hablaba del “yo”, se refería a ese trasfondo desde el cual vivimos el mundo. Aquí podemos entenderlo de un modo equivalente a lo que llamamos conciencia: no un objeto más, sino esa presencia íntima que sostiene todas las experiencias.

Algo parecido intuyeron las tradiciones espirituales orientales desde hace milenios. En la India, por ejemplo, se habló de Purusha, el testigo silencioso, y del Atman, el núcleo íntimo que se reconoce idéntico al Absoluto, Brahman. Son intentos de ponerle nombre a este aspecto del universo que no puede entenderse en los mismos términos que la naturaleza física. No es una cosa más, sino un principio consciente, una chispa primordial: Purusha, literalmente, “lo que desde el inicio arde”.

Dicho así, suena escandaloso para nuestra visión científica del mundo: no pensar la conciencia como producto de la complejidad material, sino como fuente primordial.

Aceptar la posibilidad de algo que escapa a la objetividad nos cuesta mucho desde nuestro paradigma actual. Pero no es necesario postular un espíritu separado o un alma divina. No hace falta ir tan lejos. Basta quedarnos en lo más simple y evidente: el hecho de que ser conscientes es un misterio.

Un misterio que difícilmente se puede resolver —y mucho menos simular o fabricar artificialmente— no porque aún falte la tecnología, sino porque esa mirada interior encendida que llamamos conciencia, ese saber-sentir que anima toda nuestra existencia y que hace que nos importe nuestra vida y el sentido que pueda tener, es precisamente lo que ninguna “inteligencia” basada en el procesamiento de información podrá generar ni recibir como si fuera un chip o una función más.

¿Por qué no? Pues porque decir que algún día la inteligencia artificial “desarrollará” conciencia supone imaginar que la conciencia es una capacidad que aparece cuando se alcanza cierto nivel de complejidad. Como si fuera un programa más que emerge automáticamente cuando el sistema crece lo suficiente.

Pero aquí está el problema: la conciencia no es una función que se añade, ni un resultado acumulativo de procesos más pequeños. No es algo que pueda surgir por cantidad, velocidad o sofisticación.

La conciencia no es “algo” en absoluto. No puede ser producida, porque no es un producto. No puede ser instalada, porque no es una pieza más en un engranaje. Es el hecho mismo de que haya experiencia, de que algo se viva desde dentro. Y eso no es un efecto secundario de la materia organizada, sino un misterio en sí mismo.

Por eso la IA nunca podrá desarrollar conciencia: porque no hay nada que desarrollar. Y tampoco podrá recibirla desde fuera: no hay nada que se pueda transferir, implantar o enchufar. Hablar de “crear” o “programar” conciencia es malentender lo que la conciencia es.

La paradoja es esta: cuanto más tratamos de convertir la conciencia en un objeto para entenderla y producirla, más se nos escapa. Porque la conciencia no está entre las cosas del mundo: es lo que hace que el mundo se nos aparezca… que tengamos la experiencia del mundo y no solo un conjunto de datos, patrones y códigos de información aséptica.

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Preguntas para la reflexión

  • ¿Qué entiendo yo por ser consciente: tener pensamientos, estar atento… o simplemente experimentar que estoy vivo?
  • ¿He sentido alguna vez lo misterioso que es “estar aquí”, más allá de cualquier explicación?
  • ¿Qué cambia en mi vida si dejo de ver la conciencia como algo que tengo y empiezo a verla como lo que soy?

“El yo no es un objeto. El yo no es algo, pero tampoco es nada.”

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