por María Elena Pulido
La crianza consciente ha ganado espacio, y es un alivio. Después de generaciones marcadas por el castigo y el silencio emocional, al fin empezamos a hablar de la presencia, del vínculo amoroso. Pero en ese camino de consciencia también han crecido nuevas exigencias. Exigencias de estar siempre bien. Siempre disponibles. Siempre suaves.
Hoy, muchas madres y padres viven la crianza con una vara altísima: no perder la calma, no reaccionar, no equivocarse. Como si criar con amor significara no sentir demasiado. Pero el amor no es tibio. Es presencia encarnada. Y estar presentes no es estar siempre en paz, sino aprender a habitar la intensidad de estar vivos, intentando no huir.
Pero la vida no siempre es amable. Hay frustración, miedo, enojo, cansancio. Y eso no es un error, ni un problema a corregir. Es simplemente como se muestra la vida. Nuestros hijos no necesitan que todo esté perfectamente bien: necesitan saber que es posible habitar la emoción, sin perderse. Que podemos llorar, enojarnos, angustiarnos y en algún momento volver a centrarnos. No se trata tanto del sentir, si no de cómo reaccionamos.
Y para transmitir esto, primero debemos aprenderlo nosotros. La crianza consciente no nos pide perfección. Nos pide honestidad. Nos invita a mirarnos con compasión. Porque cuando negamos lo que sentimos, dejamos de ser guía.
Estar presentes no es ser “buenito” es más bien poner límites claros, acompañar al otro a escucharse, porque los niños necesitan estructura y necesitan que aún nosotros decidamos por ellos en muchos ámbitos de la vida.
Esa es la firmeza que nutre. No la del control, la de la presencia, el mostrarnos disponibles. Y el amor en la crianza no es solo ternura. Es decisión, cuerpo presente, estructura. Es rutina y hábito que organiza y da confianza.
Los niños necesitan sostén y también una guía que les permita conectarse con su interior, con sus emociones, y con algo que trascienda lo material. En un mundo donde el discurso cada vez nos polariza más hacia la superficie, los estímulos y el ruido, y menos hacia la experiencia interior, el silencio y la contemplación, podemos darles las herramientas para aprender a escucharse y conectar con el cuerpo, las emociones, la propia mente, y sobretodo a conectar con lo sagrado de la experiencia de estar vivos. La creación de espacios y prácticas en medio de lo cotidiano ayuda a recuperar esa conexión íntima, que muchas veces hemos olvidado en este mundo acelerado. Romper el automatismo, lo obvio, y contemplar, mirar las flores, las estrellas, sentir el inmenso cielo, respirar juntos y preguntarse por la vida, por la muerte, por la existencia…
Al contrario de esto, solemos olvidar esos espacios, y se crean barreras entre los niños y esa relación íntima con lo trascendente. De este modo, en lugar de acompañarlos en el encuentro con lo esencial, los dejamos en la superficie, privandolos de la oportunidad de crecer en contacto con lo profundo.
Criar con presencia es atrevernos a acompañar la vida en toda su intensidad: lo luminoso y lo difícil, lo dulce y lo agrio, se trata de cultivar la capacidad de habitar cada instante con honestidad. Cuando lo hacemos, mostramos a los niños una relación más íntima con la vida, creamos un vínculo de confianza, en donde podemos descansar.
Como recuerda Jack Kornfield:
“La práctica no es para escapar de la vida, sino para entrar en ella más profundamente.”
Jack Kornfield
En ese entrar más profundamente está el verdadero regalo de la crianza consciente: transmitir desde la propia experiencia, cómo vivir con presencia.
🌿 TIP:
CREA UN RINCÓN ESPECIAL EN TU HOGAR, UN ESPACIO PARA CONECTAR
¿Cómo hacerlo?
Creen juntos un espacio simbólico: elijan juntos cojines, mantas, libros que transmitan serenidad, piedras, inciensos, dibujos, una vela, imágenes.
Crear un rito diario
Cada día dense unos minutos simplemente para encender una vela, sentir juntos los pies en la tierra y contactar con la respiración. Pueden agradecer, conectar con algo más grande, decir una oración, cantar, etc. Hagan de este espacio/tiempo algo propio, especial y simbólico.
Este rincón es más que un espacio. Es un símbolo de volver a casa, de recordar que podemos conectar con nuestro interior y hacerlo en familia. No es un rincón para estar “calmado”. Es un rincón para volver a uno mismo. Porque al final, el verdadero templo somos nosotros conectando con una dimensión sagrada que nos atraviesa.