por Ricardo Pulido, Director de ASIA Santiago
Una reflexión sobre las experiencias espontáneas de despertar que siguen ocurriendo en nuestra cultura y la dificultad contemporánea para comprenderlas cuando aparecen. Momentos de lucidez que pueden desorganizar cuando no encuentran lenguaje ni acompañamiento, pero que también pueden transformarse en fuentes de profundidad cuando encuentran un camino de integración.
A lo largo de la vida, algunas personas viven experiencias que no se parecen a ninguna otra. No ocurren necesariamente en contextos espirituales ni durante la meditación. A veces aparecen en medio de la vida ordinaria: en la adolescencia, en una crisis personal, en un momento de silencio inesperado o incluso en medio de una angustia profunda.
Cuando ocurren, algo cambia.
No es simplemente una emoción intensa ni una idea nueva. Es más bien una ruptura en la forma habitual de experimentar la realidad. Como si por un instante la estructura mental con la que normalmente interpretamos el mundo se suspendiera y algo se mostrara con una claridad difícil de explicar.
Muchas personas describen en estos momentos una sensación de verdad, de interconexión, de presencia o incluso de sacralidad de la existencia. No como una creencia religiosa ni como una teoría, sino como una experiencia directa. Como si por un momento la vida dejara de ser un conjunto de cosas e interpretaciones y se volviera una realidad viva, de la cual en verdad no sabemos nada.
Estas experiencias han sido descritas desde hace siglos en las tradiciones contemplativas. En el budismo zen, por ejemplo, existe la palabra kenshō, que describe experiencias no ordinarias de la consciencia que preceden y preparan el gran despertar o satori. No se refiere a una iluminación final ni a un logro extraordinario, sino a un primer despertar, a una apertura inicial de la consciencia que luego debe ser trabajada, comprendida e integrada.
Hay algo muy importante en esto: en esas tradiciones no se consideran el final del camino, sino el verdadero comienzo.
Detrás de esa comprensión hay algo que nuestra cultura ha perdido casi por completo: un saber sobre cómo reconocer estas experiencias sin exagerarlas ni reducirlas, y sobre todo, cómo acompañar lo que viene después.
Porque estas experiencias no siempre son tranquilizadoras.
A veces son profundamente desestabilizadoras. No porque sean patológicas, sino porque ponen en cuestión los marcos habituales desde los cuales entendemos la realidad y a nosotros mismos. Pueden generar una sensación de extrañeza frente al mundo, una percepción aguda de la finitud, del paso del tiempo, de la inmensidad de la existencia o del misterio mismo de estar vivos.
Son experiencias difíciles no por su oscuridad, sino muchas veces por su amplitud.
En Occidente a veces las hemos llamado epifanías. Momentos de revelación. Pequeñas iluminaciones. Más recientemente he escuchado también la palabra “atisbos”, como si por un instante se abriera una rendija hacia otra forma de ver.
Sin embargo, incluso usar palabras como despertar o iluminación suele generar incomodidad. Hay cierto pudor cultural frente a estos términos. Como si nombrarlos nos acercara peligrosamente al terreno de la ingenuidad espiritual o de la falta de rigor. En parte eso es comprensible. Nuestra cultura ha visto muchas banalizaciones de estas ideas.
Pero el efecto secundario ha sido otro: hemos perdido el lenguaje para hablar seriamente de estas experiencias cuando ocurren de verdad.
El problema hoy no es que estas experiencias no existan. El problema es que ya no tenemos una cultura que sepa qué hacer con ellas.
En mi trabajo psicoterapéutico esto aparece más de lo que podría imaginarse desde fuera. No como síntomas en el sentido habitual, sino como experiencias que las personas no saben dónde poner. Personas que llegan no porque estén enfermas, sino porque no encuentran interlocutores para algo que vivieron y que intuyen que fue importante.
A veces lo que buscan no es tratamiento, sino comprensión. Alguien que no reduzca inmediatamente lo que ocurrió a un problema que hay que corregir.
También me ha tocado acompañar a personas que tuvieron este tipo de experiencias en la adolescencia y que, debido a la intensidad de lo vivido, fueron evaluadas y tratadas desde un marco psiquiátrico. No hay aquí necesariamente un error profesional. Los equipos de salud trabajan con los marcos que la cultura les entrega, y hoy esos marcos están fuertemente orientados a detectar desorganización, riesgo y sufrimiento.
Pero lo que a veces queda fuera es la pregunta por el significado de la experiencia.
Cuando la única gramática disponible es la del síntoma y la recuperación de la funcionalidad, toda experiencia intensa corre el riesgo de ser leída como trastorno. Y sin embargo, algunas de estas vivencias no son solo desorganización. Son también confrontaciones tempranas con preguntas demasiado grandes.
La extrañeza frente al mundo.
La pregunta por el sentido.
La percepción del infinito.
La conciencia de la muerte.
La intuición de la inmensidad de la existencia.
Experiencias difíciles de sostener para una mente joven y sin acompañamiento, pero profundamente humanas.
Lo que a veces queda después no es solo el recuerdo de la intensidad, sino algo más silencioso: una experiencia que la persona sabe que fue real, pero que no logró integrar. Una especie de verdad vivida sin lenguaje. Algo que no desaparece, pero que tampoco encuentra lugar.
Con los años, algunas de estas personas se acercan a la meditación o a caminos contemplativos y descubren algo que suele ser profundamente reparador: que lo que vivieron no era necesariamente un desorden, sino una apertura que llegó antes de que existiera una estructura para comprenderla.
Descubren también algo más exigente: que esas experiencias no son el final de nada. Son el inicio de un trabajo.
Sin comprensión, estas experiencias pueden volverse fuente de angustia. Con práctica y acompañamiento, pueden volverse fuente de profundidad.
Tal vez uno de los grandes malentendidos contemporáneos es pensar que la práctica espiritual o meditativa existe para producir experiencias de despertar. Las tradiciones más serias han dicho siempre algo más sobrio: que la práctica comienza después. No para repetir la experiencia ni para perseguir estados especiales, sino para poder vivir a la altura de lo que allí se mostró.
Porque una experiencia de lucidez no transforma una vida por sí sola.
Lo que transforma es el proceso posterior. La integración. El trabajo silencioso de reorganizar la propia vida a partir de lo que se vio. Aprender a habitar las preguntas que se abrieron sin apresurarse a cerrarlas.
Tal vez una de las paradojas silenciosas de nuestra época sea esta: no es que hayan desaparecido las experiencias de despertar. Es que hemos perdido las culturas que sabían reconocerlas.
Seguimos teniendo momentos de lucidez.
Seguimos teniendo aperturas de consciencia.
Seguimos teniendo experiencias que interrumpen la forma automática en que vivimos.
Pero cuando aparecen, ya no tenemos marcos culturales claros para acogerlas.
Y cuando una experiencia profunda no encuentra un lenguaje ni una comunidad que pueda recibirla, muchas veces empuja a quien la vive hacia la soledad y el aislamiento.
Dos grandes poetas del siglo XX refieren precisamente esto. Tras describir esta experiencia de ruptura con el mundo convencional —donde irrumpe algo que, siguiendo a Lacan, podríamos llamar lo Real— ambos declaran la dificultad o incluso la imposibilidad de comunicar plenamente lo que allí se revela.
Neruda escribe:
y me fui haciendo solo descifrando la quemadura
(La poesía)
Y Eugenio Montale:
y me iré entre los hombres que no se vuelven atrás, con mi secreto
(Forse un mattino andando in un’aria di vetro)
En ellos, esa ruptura pudo transformarse en lenguaje, en obra, en poesía. Pero para la mayoría de las personas ese trabajo es mucho más difícil. No todos encuentran un lenguaje para metabolizar lo que han visto.
Porque cuando alguien ha tenido aunque sea un atisbo de esa claridad, algo ya no vuelve completamente a ser como antes.
Preguntas para la reflexión
- ¿Has vivido alguna vez un momento donde tu forma habitual de entender la vida pareció romperse, aunque fuera brevemente?
- ¿Qué hiciste con esa experiencia: la dejaste atrás, trataste de explicarla rápidamente o seguiste preguntándote por lo que había mostrado?
- En momentos donde la vida se detiene como una pérdida, una crisis, un dolor profundo, ¿ha vuelto alguna vez el recuerdo de algo que viste o comprendiste en otro momento de tu vida?
- ¿Hay algo que hayas visto o intuido alguna vez que todavía, en silencio, siga orientando la forma en que vives?
“El verdadero peligro no está en que las máquinas empiecen a pensar como los humanos, sino en que los humanos empiecen a pensar como las máquinas.”
Sydney J. Harris, periodista y columnista estadounidense.