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El Niño Contemplativo

Beatrice Benfenati

Maestro de Meditación y Fundador de ASIA

Extracto del libro “De la epidural a la meditación: una Vía para encontrar lo sagrado del nacimiento”

“Ya no sabemos estar un minuto quietos, en silencio con nosotros mismos, sintiéndonos vivos. El recién nacido nos muestra en cambio, que es posible, que hace algún tiempo fuimos así y ahora no sabemos serlo.”

“Tenemos un cuerpo que funciona a un ritmo muy lento ante esto y debido a los automatismos, la mente se ha acelerado considerablemente. El pensamiento rápido nos transporta, ya no seguimos los ritmos del cuerpo. Esta aceleración se ha convertido en un mecanismo de dispersión, en lo contrario de la conciencia: la superficialidad. Obviamente, la solución al problema del ser humano hoy en la tierra, se trata más de la transformación del individuo que de la transformación de la sociedad. Lo que es extraordinario es que la práctica del Yoga coincide exactamente con lo que intento explicarles”

–Gérard Blitz–

El problema del que habla Blitz –genial maestro de Yoga– nos afecta a los adultos, pero, afortunadamente, no todavía al bebé. Él bebé aún tiene la mente y el cuerpo unificados; los ritmos lentos del cuerpo aún coinciden con los de la mente.

Quien ha visto reiteradamente a un recién nacido, sin duda ha observado su profunda mirada: unos ojos abiertos al mundo en una contemplación donde no hay rastros de psiquis. Es pura apertura hacia la existencia, a través de un cuerpo y una mente que aún están en armonía.

Hay quienes afirman que el recién nacido no ve, pero no se han planteado la pregunta ¿qué significa realmente ver?. Si el punto de comparación somos nosotros los adultos y nos preguntamos si el recién nacido ve, percibe, reacciona como nosotros, entonces definitivamente la respuesta es no. Pero ¿alguna vez nos hemos preguntado si es el niño el que tiene que adquirir ciertas capacidades, o si más bien no somos nosotros quienes, a medida que vamos creciendo, las vamos perdiendo, o si bien él bebé es capaz de percibir algo mucho más originario, que a nuestra vista tan especializada no le es posible ver?

¿Qué sucede en los días siguientes al nacimiento? Lo que ocurre es que el niño descubre a los adultos, mentes aceleradas que no ven la hora de “educarlo”, de “socializarlo”, ansiosos de que se vuelva como ellos.

Así tal como es, presente y silencioso, el recién nacido nos embaraza. Nos mantiene suspendidos, pide un silencio, una lentitud de la que ya no somos capaces. Ya no sabemos ser como él y no podemos aceptarlo. Tampoco soportamos que él, con su modo de ser, nos recuerde que vamos corriendo de la mañana a la noche sin saber por qué. ¿Hacia dónde estamos yendo? ¿Cuál es el sentido de lo que estamos haciendo?

Como dice el Maestro Franco Bertossa: “Moriremos sin siquiera saber que hemos estado vivos”.
Dentro de nosotros algo ya lo sabe y el niño despierta esta sabiduría dormida. Estamos gastando, consumiendo la vida que se acorta, segundo a segundo, buscando llenarla de sensaciones, proyectos y cosas que hacer. Ya no sabemos estar un minuto quietos, en silencio con nosotros mismos, sintiéndonos vivos. El recién nacido nos muestra en cambio, que es posible, que hace algún tiempo fuimos así y ahora no sabemos serlo.

Ante la imposibilidad de soportar esta derrota, nuestra reacción suele ser la de “educar” al niño a ser como nosotros, alejándolo cada vez con más frecuencia de estos momentos de contemplación para proporcionarle estímulos que lo volverá, poco a poco, cada vez más parecidos a nosotros.

El recién nacido claramente tiene muchas cosas que aprender, pero también nosotros tenemos muchas que aprender de él. Podemos intentar, en aquellos mágicos momentos en que el pequeño mira sorprendido a su alrededor, hacer por un rato lo mismo: recostémonos, tomemos una posición cómoda en la que al cuerpo no le cuesta mantenerse quieto durante unos minutos.

El Yoga nos enseña que la inmovilidad del cuerpo permite reducir las agitaciones de la mente. Probemos entonces, lentamente a llevar la mirada hacia nuestro alrededor, tal como lo hace el niño, con la misma calma.

El no conoce los nombres de las cosas que encuentra y tampoco sabe para qué sirven. Encontrando un objeto, pongamos entre paréntesis eso que por años hemos aprendido de aquel objeto: ¿qué queda? ¿qué encontramos?. Pongamos entre paréntesis incluso la palabra “objeto” y todas las otras que nos vienen a la mente, para el niño no tienen ningún significado, tampoco ahora para nosotros.

¿Qué sucede?, ¿no queda nada?, o al contrario, ¿de repente nos encontramos rodeados de presencias que resaltan de un modo especial, como si las viéramos por primera vez?. Continuemos poniendo entre paréntesis lo conocido, incluso nuestra propia mirada, hasta que ella misma aparezca, nueva, inesperada, fuente de maravilla, extraña. ¿Qué es todo esto?, ¿por qué todo esto, incluso yo mismo que me lo estoy preguntando?

En este punto, puede ocurrir que al llevar la atención hacia nuestros ojos, nos sintamos perplejos, llenos de maravilla. ¿No estamos, quizás pareciéndonos a aquellos del niño?

Asombro, suspenso, fascinación… Quizás es esto lo que él siente y ahora podemos comprenderlo. También nosotros nos quedamos sin palabras, secuestrados por el sentimiento de extrañeza que lo atraviesa todo, a nosotros incluidos.

¿Qué sentiríamos si en ese momento alguien nos distrae? ¿No nos sentiríamos brutalmente arrancados de un momento lleno de significado? ¿No nos sentiríamos privados de una rara oportunidad de decirnos algo que nunca nos hemos dicho sobre nosotros mismos y sobre lo que nos rodea?

Sin embargo, es esto lo que le sucede regularmente al niño: está absorto y alguien lo fuerza a darle su atención, tiene que aprender a sonreír, a reconocer, a usar.

Si podemos sentir aquello que él siente, entonces quizás, en esos momentos mágicos en los cuales el recién nacido sólo contempla, sentiremos conmoción, respeto. También nosotros nos quedaremos en silencio, pediremos silencio a los demás y buscaremos comprenderlo a él, sin prisa de que él nos entienda a nosotros. Dejaremos que él nos enseñe a ver la existencia no como un problema por resolver, sino como un Misterio por contemplar.

Si de esta contemplación surgen también preguntas, si resulta ser el inicio de una indagación que el adulto emprende acerca de sí mismo, habiendo aclarado y comprendido las sensaciones y las emociones vividas, quizás algún día también él tenga algo que enseñarle a su hijo. Sólo sentir no basta, de hecho crecer significa lograr expresar cada vez con más precisión aquello que se siente profundamente.

Algún día el niño necesitará ser ayudado a encontrar las palabras justas que le otorguen el significado correcto a su sentir, sin confundir, por ejemplo, la incapacidad, con la rebelión. ¿Seremos capaces de hacerlo?

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