por Ricardo Pulido, Director de ASIA Santiago
Una reflexión sobre el misterio de la conciencia y el paso inexplicable desde la materia a la experiencia. A través de mitos, recuerdos personales y debates actuales sobre la inteligencia artificial, este texto invita a detenernos en una pregunta tan antigua como vigente: qué significa realmente estar vivos y sabernos conscientes.
Cuando uno empieza a pensar en serio —como lo hacen los niños y, con especial intensidad, los adolescentes— aparece un vértigo extraño: ¿cómo es posible que de algo inerte, sin propósito alguno, haya surgido algo que siente y se sabe a sí mismo?
Recuerdo que a los trece años esa pregunta ya me rondaba. Dentro de mí convivían dos explicaciones. Una, la más moderna y razonable, decía que la mente es solo una expresión del cuerpo: que el pensamiento emerge del cerebro como la luz de una ampolleta. La otra, heredada de mi formación católica, afirmaba que hay en nosotros algo que trasciende la materia: un alma, principio invisible de la vida y de la conciencia.
La primera me dejaba en un mundo sin propósito; la segunda le daba sentido a la existencia, pero a costa de un relato que también me resultaba extraño. Entre ambas quedaba suspendida una pregunta que nunca se cerró del todo.
Esa tensión entre materia y experiencia, entre lo inerte y lo consciente, atraviesa toda nuestra historia. Quizás por eso la hemos narrado una y otra vez en forma de mitos. Dos relatos modernos la expresan con especial claridad: Pinocho y Frankenstein.
Pinocho se vuelve “niño de verdad” gracias a un soplo mágico. La madera se anima, no por técnica, sino por algo que despierta desde dentro. Dudando, deseando, equivocándose, incluso mintiendo, Pinocho muestra signos de vida interior. Mentir, después de todo, no es un simple truco: implica saber que hay una diferencia entre lo que uno piensa y lo que muestra, y anticipar la mente del otro. Es un gesto profundamente humano.
Frankenstein, en cambio, encarna la otra vía. No hay hada, sino ciencia. Fragmentos de cuerpos, electricidad, voluntad técnica. Y sin embargo, el enigma sigue intacto: ¿en qué momento esa carne reanimada comienza a sentir, a saberse sola, a desear compañía?
Desde entonces la pregunta reaparece una y otra vez. En Blade Runner, los replicantes no solo funcionan: aman, temen, buscan sentido. No sabemos si realmente sienten, eso nunca puede comprobarse, pero lo inquietante es que nos devuelven la misma pregunta: cómo algo parece dar el salto desde la materia a la experiencia.
Hoy este enigma vuelve en los debates sobre inteligencia artificial. Algunos sostienen que la conciencia requiere un cuerpo vivo, situado en el mundo. Otros creen que bastará con suficiente complejidad algorítmica. Y hay una tercera visión, más radical y casi olvidada en Occidente: la conciencia no como producto, sino como origen.
El Rig Veda lo expresó poéticamente hace miles de años:
“Solo Aquello, Uno, respiraba sin aliento,
por su propio poder. Nada más existía.”
Aquí lo primero no es la materia, sino una presencia que ya sabe, que ya es.
Tal vez nunca sepamos de dónde viene la conciencia. Pero quizás no haga falta resolver el enigma para dejarnos tocar por él. En un universo que pudo ser puro mecanismo, el hecho de que algo sienta, que algo se sepa vivo, ya es asombroso.
Y ese misterio, tan cercano que solemos olvidarlo, somos nosotros.
———————-
Preguntas para la reflexión
- ¿Qué te revelan Pinocho y Frankenstein sobre el misterio de “estar vivos” y sobre nuestra necesidad de imaginar el paso de la materia al alma?
- Si el universo podría existir sin nadie que lo sintiera o que supiera de él, sin un testigo, ¿por qué apareció la experiencia? ¿Qué añade el sentir al puro movimiento de la materia?
- ¿Podría ser que al sentirnos vivos participemos de algo mayor, como si la conciencia no fuera solo nuestra, sino el modo en que el universo se hace consciente de sí? ¿Qué te genera este pensamiento?
“El misterio no es que estemos hechos de polvo de estrellas, sino que el polvo de estrellas haya llegado a saberlo.”
Chet Raymo