por Ricardo Pulido, Director de ASIA Santiago
Detrás de nuestras ideas, emociones y relatos personales hay algo más íntimo y más simple: una presencia silenciosa que sabe y siente nuestra propia experiencia. Este texto es una invitación a reconocer esa presencia, lo único que no cambia cuando todo cambia, y a preguntarnos por qué ninguna máquina podrá nunca experimentarla desde dentro.
En los últimos meses he estado insistiendo en una diferencia que la inteligencia artificial no puede cruzar: la diferencia entre calcular y experimentar, entre producir una respuesta y saber sentir lo que ocurre.
Las máquinas pueden imitar conductas, tonos emocionales, incluso dudas existenciales. Pero hay algo que no pueden ni hacer ni simular porque no tiene forma ni estructura, algo que no puede ser codificado ni informatizado: experimentar la presencia que observa, escucha, siente y se da cuenta de todo lo que nos está pasando momento a momento.
En la India, esa presencia ha sido el centro de la investigación espiritual durante milenios. No como una idea filosófica, sino como la realidad más sólida. Allí se comprendió que todo lo que cambia, la materia y la energía, los pensamientos y emociones, las identidades e historias, pertenece a lo transitorio, a lo impermanente, a lo ilusorio. Lo único estable es aquello que observa, ese testigo silencioso al que llamaron atman, purusha.
Para nosotros, formados en una cultura que mira hacia afuera, esta idea puede sonar descabellada. Nuestra tradición intelectual se ha orientado a desentrañar los secretos de la naturaleza con un método insuperable: el científico. Pero ese método no sirve cuando lo que queremos observar es la presencia interior. En este punto, la cultura oriental recorrió un camino completamente distinto, y por eso nos cuesta tanto reconocerlo y valorarlo seriamente.
Nuestra mirada hacia afuera llega incluso al ámbito de la conciencia. Creemos que entenderemos lo que es la mente humana construyendo una versión objetiva que la imite, la llamada inteligencia artificial. Suponemos que si logramos simular la mente artificialmente entonces habremos desentrañado sus misterios.
Pero el testigo que cada uno es no se puede imitar. No es una cámara que registra estímulos, sino una presencia viva, una apertura que sabe, se da cuenta y siente. No me refiero a sentir emociones particulares, que son parte del flujo cambiante de la experiencia, sino al hecho mismo de sentir el estar vivo, a la cualidad de que haya experiencia ocurriendo.
Sé que esto puede parecer abstracto, pero en realidad es tan sencillo y tan cercano que lo pasamos por alto sin darnos cuenta. Una metáfora puede ayudar. Si todo el mundo fuera blanco, no sabríamos que es blanco. Necesitamos al menos un punto negro para percibir el contraste. De la misma manera, como nunca dejamos de estar siendo, no tenemos contraste para reconocer esa presencia que siempre está aquí, silenciosa, sosteniendo cada experiencia.
Afortunadamente, cuando se trata de experiencia interior no solo sabemos lo que ocurre, sino que también lo sentimos. Ese diálogo entre saber y sentir lo que está pasando en nosotros momento a momento es lo que nos permite reconocer al testigo silencioso. Y aunque es lo más íntimo y cercano, no es tan fácil advertirlo al comienzo. Pero es posible con un poco de disposición y perseverancia.
Detente unos segundos y podrás empezar a notarlo.
Aparece un pensamiento: alguien lo ve.
Surge una emoción: alguien la reconoce.
El cuerpo respira espontáneamente y alguien se da cuenta.
Ese alguien no tiene nombre ni historia. Podría ser también un algo. Eso da igual. No es la voz interna que comenta ni la identidad aprendida. Es más sencillo y más íntimo: el hecho puro de saber y de sentir.
Los sabios de la India lo investigaron con la misma seriedad con la que aquí investigamos la materia. Descubrieron que cuando la mente se aquieta, aunque sea un instante, lo que queda no es vacío, sino una claridad silenciosa, una presencia que no cambia cuando todo cambia. Por eso, porque es lo único que permanece, lo llamaron lo real.
Y es eso, precisamente, lo que ninguna máquina puede tener, o mejor dicho ser. Puede correlacionar emociones y simular delicadeza, pero no puede habitar el saber sentir desde dentro. No puede experimentar la experiencia. Nosotros sí, aunque casi nunca lo advertimos.
Y aquí ocurre algo notable. Cuando reconocemos el testigo silencioso que somos, surge una emoción profunda, incluso lágrimas, de gratitud y conmoción. No por sentimentalismo, sino por el asombro de reconocernos parte misma del misterio, y esa parte del misterio que es capaz de saberlo y sentirlo.
Preguntas para abrir la experiencia
Estas preguntas no son para pensar conceptualmente, sino para orientar la atención hacia tu propia experiencia en acto. Si puedes, toma unos minutos, pon atención al cuerpo y a la respiración, y desde ahí deja caer suavemente estas preguntas:
- ¿Puedo notar ahora mismo que hay algo en mí que está viendo lo que ocurre?
- ¿Qué sucede si dejo de mirar el pensamiento y vuelvo la atención hacia quien lo ve?
- ¿Cómo se siente reconocer que, aunque todo cambia, hay una presencia silenciosa que permanece?
- ¿Puedo distinguir el contenido de la experiencia del hecho puro de saber y sentir que estoy vivo?
“Aquello que no puede ser visto por la vista, pero gracias a lo cual la vista ve, eso es lo Real.”
Kena Upaniṣad I.4–5