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El testigo silencioso

por Ricardo Pulido, Director de ASIA Santiago

En una reflexión anterior hablábamos de esas experiencias en que la conciencia parece despertar y no encuentra una cultura ni un lenguaje que sepa recibirlas. Este texto da un paso más: intenta nombrar qué puede empezar a hacerse evidente en esos momentos y por qué esa presencia silenciosa, más honda que nuestros pensamientos o nuestra historia personal, ha sido reconocida por las tradiciones contemplativas como una dimensión real y cultivable de la experiencia humana.

En una reflexión anterior hablábamos de esas experiencias en que algo se interrumpe en la forma habitual de vivir y comprender la realidad. Momentos en que la trama cotidiana se afloja, lo que parecía obvio deja de serlo y aparece una lucidez extraña, difícil de nombrar. A veces se viven como apertura; otras, como desconcierto. Pero en ambos casos puede comenzar a volverse visible algo que normalmente pasa inadvertido.

Lo que se deja entrever no es necesariamente una idea nueva ni una revelación espectacular, sino algo mucho más sutil: que una cosa es lo que aparece en la experiencia y otra, más honda, el hecho mismo de que esté siendo vivido.

Normalmente advertimos los contenidos de la conciencia: un pensamiento, una emoción, una sensación corporal, un recuerdo. Vivimos absorbidos por ese flujo. Pero rara vez nos detenemos en el simple hecho de que todo eso aparece para alguien, de que algo se vive desde dentro. Y, sin embargo, cuando esa diferencia se vuelve realmente clara, no estamos solo ante una intuición interesante, sino ante una comprobación mucho más honda.

Esto alcanza también a eso que llamamos “yo”. La historia que contamos sobre quiénes somos, lo que recordamos, lo que nos pasó, lo que deseamos o tememos, incluso el tono con que nos hablamos por dentro, todo eso forma nuestra identidad. No es falso. Es la manera en que nos damos continuidad y nos movemos por la vida. Pero, por íntimo que nos parezca, ese yo también aparece en la experiencia. También él es, en cierto sentido, un contenido de la conciencia.

Y eso cambia mucho las cosas. Porque entonces se vuelve posible advertir que una cosa es experimentarnos como ese yo —algo que hacemos casi todo el tiempo— y otra muy distinta es el hecho mismo de experimentar. La identidad cambia: se desarma en una crisis, se reorganiza después de una pérdida, se estrecha o se ensancha con los años. La presencia desde la cual todo eso es vivido, en cambio, no aparece del mismo modo. No está hecha de recuerdos, ni de lenguaje, ni de historia personal.

Las tradiciones contemplativas intentaron nombrar esta dimensión con palabras como testigo, verdadera naturaleza o rostro originario. No porque imaginaran una entidad escondida dentro de nosotros, sino porque reconocieron algo extremadamente difícil de decir: que hay en la experiencia una presencia que no se confunde del todo con lo que aparece en ella. Pensamientos, emociones, recuerdos e incluso el propio yo pasan y se transforman. Esta presencia, en cambio, no aparece como una cosa entre las cosas.

A veces esta dimensión se revela de manera inesperada. Pero también puede cultivarse. Una de las intuiciones más valiosas de las tradiciones contemplativas es justamente esta: no solo reconocieron esta presencia, sino que también desarrollaron caminos para aprender a volver a ella. No para escapar del mundo, sino para habitarlo con menos confusión, menos identificación con la historia que contamos sobre nosotros mismos y más cerca de una forma de presencia más desnuda y más estable.

Cuando ese regreso madura, suele tener efectos concretos. No necesariamente experiencias espectaculares, sino cambios más sobrios y profundos: más claridad, menos identificación con el yo habitual, una relación menos reactiva con el miedo y el dolor, una sensación más estable de verdad y, a veces, una forma de paz que no depende de que la vida se vuelva fácil.

Por eso quizá lo más importante de esta experiencia no sea que añada algo extraordinario a la conciencia, sino que desplaza silenciosamente aquello que hasta entonces ocupaba su centro. La propia historia, los miedos, los deseos y la trama con la que uno se entiende a sí mismo no desaparecen, pero dejan de parecer lo último. Y en ese descentramiento puede empezar a hacerse visible algo muy simple y muy hondo: que somos más que la narración con la que normalmente nos identificamos.

Preguntas para la reflexión

  • ¿Has vivido alguna vez un momento en que tu historia habitual dejó, por un instante, de ocupar el centro?
  • ¿Qué diferencia hay entre tus pensamientos y el hecho mismo de estar consciente de ellos?
  • ¿Hasta qué punto te identificas con la imagen que tienes de ti mismo?
  • ¿Qué podría cambiar si aprendieras a volver, aunque sea por momentos, a una presencia menos confundida con tu relato personal?

“Sin pensar en el bien ni en el mal, ¿cuál es tu rostro originario antes de que nacieran tus padres?”

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