Skip to content

Gratitud por saber del milagro de ser

Franco Bertossa

 

Maestra de Meditación y fundador de ASIA

“Ya no sabemos estar un minuto quietos, en silencio con nosotros mismos, sintiéndonos vivos. El recién nacido nos muestra en cambio, que es posible, que hace algún tiempo fuimos así y ahora no sabemos serlo.”

El fin último no está en el ser humano, pero está al límite de él: a través de la dimensión humana se puede llegar a decir plenamente la verdad de la existencia, no obstante tal verdad no se agota en esta dimensión (…ni requiere alguna otra). Es necesario que se nos haga patente el “hilo de la diferencia”, el límite entre nada y lo diferente-de-nada, o como se lo quiera llamar. Permanecer en este hilo es la experiencia extrema que puede vivir el ser humano, no obstante ésta no se limita al humano:

“Es la experiencia del ser, de parte del ser, acerca del ser. Es la experiencia de la diferencia respecto a nada, de parte de la diferencia respecto a nada, acerca de la diferencia respecto a nada.”

La diferencia respecto a nada, no es algo, pues cada “algo” está a un polo de distancia de esta diferencia respecto de nada.

La diferencia respecto a nada es sabida, pero el saber de la diferencia respecto a nada no es algo, porque cada algo está a un polo de distancia de la diferencia respecto a nada.

No es pensable, porque el pensamiento es algo y cada algo está a un polo de distancia de la diferencia respecto a nada.

Por lo tanto, el saber de la diferencia respecto a nada no es algo, pero tampoco es nada… lo sabemos.
El ser humano es un vehículo que lleva a esto, si bien esto no se agota en el humano (… ni requiere algún otro vehículo).

“Prajna”, dicen los budistas.

“Saber del ser”, ha dicho Hedegger, “de parte del ser, acerca del ser” –de parte de la diferencia respecto a nada, acerca de la diferencia respecto a nada.

De aquí –no obstante la conceptualización no sea capaz de llegar– proviene la sabiduría, cual rayo que de pronto, con violencia, sacude el corazón. Y las cenizas de esa llamarada son la nostalgia de la verdad que se nos ha donado sin reservas.

Se ha donado a nosotros… el escenario de tal donación; escenario de espectadores virtuales. Los días que le quedan a este “ser humano” son sólo para dar las gracias incesantemente. Un “gracias” del ser, de parte del ser, acerca el ser.

Hace tiempo, conocí y compartí con anacoretas del monte Athos que por décadas habían practicado la plegaria del corazón. Ésta dice así:

“Κύριε Ἰησοῦ Χριστέ, Υἱὲ Θεοῦ, ἐλέησόν με τὸν ἀμαρτωλόν”
“Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador”.

Los Hesicastas me decían que esta plegaria había que decirla siempre, incluso durmiendo. Hoy, creo que llega un momento en que la plegaria debe transmutarse en un eterno “gracias…”, un gracias que preceda incluso a la respiración, que mueva el ritmo del corazón y que inspire a los pensamientos y sentimientos.

Nos parecerá que no es posible que sea así, no todavía; pero den las gracias incluso por esto. Digan gracias incluso de poder decir gracias. ¿A quién?… No se preocupen, el destinatario sabrá que son para Él.
Más allá de todo pensamiento, sin ser diferente del pensamiento. Más allá de toda palabra, sin ser distinta de la palabra. Más allá de todo sentimiento, sin ser diverso del sentimiento. Más allá de toda alegría, sin ser diferente de la alegría: Gracias.

Compartelo

Share on facebook
Share on google
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on print
Share on email