por Ricardo Pulido, Director de ASIA Santiago
En un tiempo que exalta la eficiencia y la mejora continua, la frontera entre lo humano y lo técnico parece volverse cada vez más delgada. Soñamos con perfeccionarnos, con eliminar el error, con vivir sin fragilidad. Pero en esa carrera por optimizarlo todo, corremos el riesgo de olvidar lo esencial: que la conciencia no se mide en rendimiento, sino en la capacidad de sentir, de comprender y de habitar el misterio de estar vivos.
Desde hace siglos el ser humano ha sentido el impulso de ir más allá de sí mismo. Ícaro quiso volar más alto de lo posible, confiando en unas alas que el sol terminó derritiendo. En la época de la Ilustración, La Mettrie imaginó al hombre como una máquina capaz de perfeccionarse hasta alcanzar la plenitud. En ambos casos advertimos el mismo anhelo: escapar de la fragilidad que nos define, de ese límite que nos recuerda que somos finitos.
Hoy ese deseo vuelve bajo otro nombre: transhumanismo. Una visión filosófica actualmente en boga en USA, que básicamente postula que la evolución de la especie humana podría continuar, esta vez no por mecanismos biológicos de selección natural sino por una decisión consciente, con la técnica como aliada. Si la biología nos trajo hasta aquí, ¿por qué no seguir su curso con ayuda de la inteligencia artificial, la biotecnología o la neurociencia? La promesa es poderosa: curar lo incurable, prolongar la vida, aliviar el dolor, ampliar la inteligencia. Una humanidad sin achaques ni sombras, liberada de la vejez y la muerte, suena, al menos en apariencia, a utopía.
Pero junto a esa promesa surge una pregunta más honda: qué pasará con nuestra experiencia interior, con esa conciencia que hace que vivir no sea solo durar y funcionar, sino también sentir la profundidad de lo que significa estar vivos.
El riesgo no reside tanto en la tecnología en sí misma como en la mirada, el relato, que la acompaña. Si la unión entre humano y máquina se entiende solo en términos de eficiencia, productividad y rendimiento, terminaremos viviendo como sistemas que nunca se detienen, siempre en modo de ajuste, corrigiéndose sin descanso, incapaces de encontrar una pausa verdadera.
Hace más de dos mil años, Patañjali escribió en los Yoga Sūtras un aforismo que aún conserva su lucidez: “Yogaḥ cittavṛtti nirodhaḥ”. El estado de yoga, decía, la unión con lo sagrado que nos habita, se alcanza deteniendo los movimientos o las agitaciones de la mente. En ese detenerse (y no en el acelerar) se abre la posibilidad de otra forma de conocimiento: una comprensión silenciosa que no necesita controlarlo todo para comprender.
En el ámbito de la salud mental ocurre algo parecido. Lo que antes se comprendía como sufrimiento del alma, crisis de sentido o desorientación existencial, hoy se traduce en términos puramente de funcionamiento cerebral. Los tratamientos psicofarmacológicos alivian, estabilizan, devuelven la capacidad de cumplir con lo cotidiano, pero muchas veces dejan tras de sí una sensación de vida anestesiada. Personas que ya no sufren tanto, pero que tampoco sienten del mismo modo. Que vuelven a funcionar, pero con una sensación subjetiva de falta de profundidad.
Tememos que las máquinas lleguen a ser humanas. Sin embargo, lo que en realidad sucede es que nosotros comenzamos a parecernos un poco más a ellas. Aún así, es bueno recordar que del mismo modo que ninguna máquina podrá ser consciente, porque la conciencia no se calcula ni se programa, ningún ser humano podrá dejar de serlo, porque la conciencia es el fondo mismo de la experiencia, incluso de la experiencia de alienación.
La tentación de ser máquinas no consiste en transformarnos físicamente, sino en vivir como si lo fuéramos: cumpliendo funciones, rindiendo sin pausa, confundiendo la eficiencia con el sentido.
La pregunta que queda en medio de todo este furor tecnológico es si todavía sabremos habitar la vida con hondura. Porque la conciencia, la atención silenciosa que nos permite sentir el estar vivos, no se instala como un software ni se obtiene como un logro técnico. Se cultiva y como todo cultivo requiere lentitud, espera, tiempo.
Preguntas para la reflexión
- ¿Has sentido que la búsqueda de eficiencia y productividad te alejan de la experiencia viva de estar presente?
- ¿Has notado cómo una parte de ti se adormece cuando todo se vuelve cálculo, rendimiento y mejora continua? ¿Qué parte? ¿Cómo la describirías?
- ¿Qué te parece la idea de detenerse y sentir la vida sin intentar optimizarla? ¿O la idea de que estar vivo no es una tarea hacia un fin, sino una forma de participar de un misterio?
“El hombre moderno vive en la ilusión de que cuanto más funciona, más vive; pero en realidad su vida se ha convertido en un funcionamiento mecánico.”
Erich Fromm