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Las puertas del cuerpo: romper la inercia del estímulo

Una reflexión sobre cómo los sentidos, las palabras y los hábitos cotidianos influyen silenciosamente en nuestra claridad mental y en la forma en que habitamos el mundo. 

por María Elena Pulido, instructora de ASIA Santiago

Hay lugares del cuerpo a través de los cuales el mundo entra en nosotros, y también son las puertas por las que nosotros salimos al mundo. Todo lo que atraviesa esas puertas termina influyendo en nuestra mente, nuestras emociones y nuestra manera de vivir; y, al mismo tiempo, influye en el entorno que habitamos.

En algunas tradiciones del yoga se habla de algo simple y profundo:

“Cuida lo que entra y sale de tu cuerpo para cultivar la claridad y la pureza”.

Esta frase, que parece sencilla, nos invita a relacionarnos con lo que vemos, escuchamos, comemos, decimos, respiramos y con la forma en que compartimos nuestra intimidad, de una manera más consciente.

Esto no es tan fácil en un mundo lleno de estímulos, donde pareciera que siempre estamos en búsqueda de placer: algo rico, algo entretenido, algo estimulante…

Poner freno a ese impulso implica un acto de voluntad, de conciencia y determinación que, paradójicamente, también requiere cierto abandono, y que puede alejarnos de ciertos entornos o dinámicas habituales.

Se trata de interrumpir la inercia.

Un pequeño espacio de conciencia que nos permite salir del impulso automático y recuperar la capacidad de elegir un camino diferente. No se trata de rechazar el mundo moderno ni de eliminar el placer de la vida. Se trata, más bien, de recuperar una relación más sensible con nosotros mismos.

Muchas personas llegan a consultar o a pedir ayuda porque se sienten abrumadas, vulnerables o saturadas. Las noticias, las conversaciones, el ritmo del entorno, las imágenes que consumimos a diario… todo parece entrar sin filtro y dejar una huella en nuestro estado interior.

Cuando no somos conscientes de cómo nos influyen estas puertas abiertas, es fácil quedar expuestos a una corriente constante de estímulos que agota, confunde o dispersa la mente.

Tomar las riendas implica comenzar a observar. No para controlar cada aspecto de la vida, sino para volver a habitarla con mayor claridad.

Es como limpiar un cristal empañado: cuando la mente se aquieta un poco, lo que vemos, lo que sentimos y lo que decimos comienzan a volverse más transparente, y empezamos a reconocer su verdadero impacto. Entonces solo le damos espacio a quién queremos escuchar, a aquello que nos alimenta y nutre y alejamos lo que nos intoxica interna o externamente.

Tal vez el verdadero acto de cuidado consiste simplemente en detenernos lo suficiente para reconocer si aquello que atraviesa las puertas de nuestro cuerpo nos acerca a la vida o nos aleja silenciosamente de ella y nadie más lo puede saber que uno mismo, nadie más te lo puede decir o recetar.

Una forma simple de sensibilizarnos ante aquello que nos hace bien o nos hace mal puede ser detenernos un momento durante el día y preguntarnos:

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  • ¿Esto que estoy dejando entrar en mí (una relación, una imagen, una comida, una música)
    me acerca a la claridad o me arrastra aún más al ruido?
  • ¿Escucho y nutro realmente mi corazón?
  • ¿Y aquello que sale de mí (mis palabras, mis actos) contribuye a la confusión o a la lucidez?
  • ¿Está alineado con lo que siento profundamente?

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