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Más allá de la neuroingenuidad: la maldad no es una avería

por Ricardo Pulido, Director de ASIA Santiago

¿Y si la maldad no fuera una avería, sino una posibilidad siempre presente en la condición humana? Solo quien reconoce esa oscuridad puede aspirar a una bondad que no sea ingenua, sino profundamente humana.

La psicología contemporánea comete un error que, aunque comprensible, revela una comprensión muy superficial de la experiencia humana: explicar la maldad como el resultado de algo que salió mal. Un trauma, una carencia afectiva, un déficit neurológico. Como si el ser humano fuera, en su estado original, algo puro que el mundo se encarga de corromper.

Esta visión tiene una lógica casi mecánica: si todos los factores funcionan correctamente, el desenlace es predecible, una persona equilibrada, bondadosa. La maldad, entonces, no sería más que una ruta averiada. Una alteración. Lo que yo llamaría una “neuroingenuidad”: la creencia de que todo se explica en términos de una biología que aspira naturalmente a la salud, y que solo el ambiente logra torcer.

Pero la experiencia humana no funciona así. La malicia (no el crimen espectacular, sino la envidia cotidiana, el rumor que se echa a correr, el daño que se ejerce sabiendo que daña) no es un subproducto de una vida difícil. Es algo que se habita. Que no se elige libremente, pero tampoco simplemente le ocurre a uno como una enfermedad. Hay una complicidad oscura con ella que ningún diagnóstico logra capturar. Y quienes viven instalados en ese territorio no son felices, no les va mejor, no sobreviven más exitosamente. Simplemente no pueden, o no quieren, salir de ahí.

Al reducir la maldad a patología, la psicología contemporánea nos priva de algo esencial. Porque si la malicia es solo una avería, entonces está siempre en el otro, en el traumatizado, en el diagnosticado, y yo quedo a salvo. Esa ilusión es cómoda, pero es ciega. Nos vuelve incapaces de reconocer nuestra propia oscuridad y, paradójicamente, incapaces también de comprender con verdadera compasión a quienes la habitan. Porque el que vive en la envidia, en ese infierno particular que es no poder alegrarse por el bien ajeno, no eligió ese infierno con plena libertad. Lo fue habitando, lo fue encontrando, tal vez sin darse cuenta del todo. Eso merece compasión, no solo condena.

Y esto lleva a algo más incómodo todavía: la bondad tampoco es lo que queda cuando todo funciona bien. No es la naturaleza humana en su estado óptimo. Es algo que se da en un territorio donde la oscuridad es una posibilidad real y cercana. Una vez le escuché a Franco Bertossa, maestro de meditación y Aikido, decir algo que al principio me perturbó: para hacer verdaderamente el bien, hay que ser capaz de hacer el mal. Con el tiempo le fui encontrando una verdad muy honda. El que no conoce su propia oscuridad, el que nunca ha sentido el peso de la envidia o el impulso de dañar, no es bondadoso. Es simplemente inocente, que es otra cosa. La bondad verdadera es la que existe a pesar de esa capacidad, no en su ausencia.

Reducir todo esto a mecanismo biológico, a neurología, a historia de vida, no es solo un error intelectual. Es una forma de achatar la experiencia humana, de volverla más pequeña y más manejable de lo que realmente es. Porque lo humano no es solo más oscuro de lo que cualquier diagnóstico admite. Es también más luminoso, más vasto, más sagrado en cierto sentido. Tiene una profundidad que se resiste a ser contenida en categorías clínicas, que desborda hacia arriba tanto como hacia abajo. Y es precisamente en ese desborde, en esa imposibilidad de reducirlo todo a función y a mecanismo, donde reside algo de lo más propiamente humano.

"El ser humano es tan amplio que yo lo reduciría un poco."

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