por Ricardo Pulido, Director de ASIA Santiago
La crisis de sentido que vivimos hoy es, en el fondo, una crisis de significado. No son lo mismo. Y la meditación puede ayudarnos a atravesarla.
Hay un malestar que cuesta nombrar porque no tiene la forma dramática que esperaríamos de algo importante. No es una crisis, no es una ruptura, no es un colapso. Es algo más silencioso y más extendido: la sensación persistente de que la vida podría tener más peso del que tiene. Que algo falta, aunque no se sepa bien qué. Que lo que uno hace, tiene, logra y experimenta resbala un poco, sin terminar de asentarse en ningún suelo firme.
Este malestar no distingue edades, y vale la pena mirarlo de cerca en cada momento de la vida, porque tiene texturas distintas según desde dónde se vive. El joven de 25 años funciona bien. Tiene información, tiene opciones, tiene acceso a casi todo. Y sin embargo el tiempo se le escapa sin que sepa bien qué hizo con él. Le cuesta estar realmente en un lugar, siempre hay una parte de la atención en otra parte, en el teléfono, en lo que podría estar pasando, en la siguiente notificación. Las relaciones se sienten un poco superficiales aunque las busca con genuino deseo de conexión. Cuando se queda en silencio, algo en él se incomoda y busca rápidamente llenarlo. No diría que su vida no tiene sentido, esa frase le suena demasiado dramática para lo que vive. Diría, si pudiera formularlo, que algo en ella no termina de pesar de verdad. Que hace cosas, pero que rara vez algo lo detiene de verdad, lo mueve desde adentro, lo obliga a preguntarse quién es y qué está haciendo aquí. El adulto ya cerca de los 50 años lleva décadas construyendo. Logró cosas, o no las logró, pero en cualquier caso llega a un punto en que la pregunta que postergó durante años emerge con más fuerza: ¿es esto? No como desesperación sino como pregunta genuina y un poco incómoda. Siente el peso de lo que construyó y al mismo tiempo una extraña distancia de ello. Como si la vida se hubiera ido llenando de contenido sin que nadie le preguntara si ese era el contenido que quería. El adulto mayor, en cambio, ve colapsar uno a uno los marcos que le dieron sentido durante décadas. El trabajo termina. Los hijos crecen y se van. El rol social se desdibuja. Y en ese vaciamiento progresivo queda frente a algo muy desnudo: ¿qué queda cuando se va todo eso? No como pregunta teórica, sino como pregunta que toca la carne.
Tres momentos distintos de la misma experiencia de fondo: la vida que no pesa lo suficiente.
Para entender de dónde viene este malestar hay que mirar hacia atrás. Durante siglos, la pregunta por el sentido tenía respuestas colectivas. No es que todo el mundo fuera más sabio o más feliz, sino que había marcos compartidos que sostenían la existencia y le daban una forma legible. La religión, la comunidad, el lugar que uno ocupaba en un orden mayor, todo eso ofrecía una bóveda que cubría toda la vida y le daba coherencia. Nacer, crecer, sufrir, morir, todo tenía un lugar dentro de un relato mayor. No era necesario construir el sentido desde cero: venía dado, venía heredado, venía compartido. Esa bóveda se ha ido desmoronando de manera acelerada. En Estados Unidos, quienes se identifican como “sin religión” pasaron del 5% en los años setenta a cerca del 30% hoy. Entre los jóvenes de 18 a 29 años, ese porcentaje ronda el 40%. En Chile, el catolicismo cayó de más del 70% en los años noventa a cerca del 45% hoy, y la caída entre los jóvenes es aún mayor. Pero sería un error reducir esto a una estadística de fe. Lo que se pierde junto con la religión es mucho más que una creencia. Es un paquete completo: los rituales que marcan las grandes transiciones de la vida y que sin ese marco quedan sin forma, sin comunidad que las sostenga. Es una narrativa que permite integrar la pérdida y el dolor dentro de algo mayor que los contiene. Es la pertenencia real y sostenida a algo que trasciende al individuo. Y en el lugar de todo eso, ¿qué ha quedado? Básicamente nada de peso equivalente. El consumo como identidad. Las redes sociales como comunidad (pero una comunidad débil, sin compromiso real). El bienestar personal como horizonte máximo. Una industria del wellness que vende calma sin tocar nada profundo. Y una soledad que no es ausencia de personas sino ausencia de pertenencia genuina, de lazos que sostengan realmente. La modernidad le exigió a cada individuo que construyera su propio sentido. Eso es una carga enorme. Y muchas personas colapsan bajo ella sin saber que eso es lo que está ocurriendo.
Pero hay algo más profundo que la sola caída de los marcos colectivos. Hay un paradigma, que no es una teoría académica sino el aire cultural que respiramos, que ya respondió la pregunta existencial antes de que pudiéramos formularla. El paradigma científico-materialista dice que todo es materia, que todo es explicable en términos físicos y neuronales, que la consciencia es un producto del cerebro y el significado una construcción evolutiva útil para la supervivencia pero sin referente real en el mundo. En este marco, preguntar por el sentido de la vida no tiene respuesta posible, porque el sentido, en última instancia, no existe. Es lo que el cerebro produce para funcionar. Nadie le enseña esto explícitamente a los jóvenes. Pero ese es el fondo desde el cual viven, el suelo invisible que organiza su manera de relacionarse con la existencia. Y desde ese suelo, la conclusión práctica es inevitable: si el sentido no existe, optimiza tu bienestar, acumula experiencias, trabaja en lo que te gusta, cuídate. Eso es todo lo que hay. El nihilismo, entonces, no es una filosofía que alguien elige. Es lo que queda cuando este paradigma hace su trabajo hasta el final.
Esto se ve con claridad en algo tan concreto como la manera en que los jóvenes viajan. Hace cuarenta años, había jóvenes que viajaban a India buscando respuestas. Que leían filosofía con urgencia real, no como ejercicio cultural sino porque la pregunta existencial los apremiaba de verdad: ¿para qué estoy aquí? ¿Qué sentido tiene todo esto? La pregunta quemaba, exigía una respuesta que ninguna comodidad podía silenciar. Hoy los jóvenes viajan más a Australia de working holiday que a Oriente. No porque sean peores ni más superficiales, sino porque el paradigma en que viven ya respondió la pregunta antes de que pudieran hacerla. Y si la pregunta ya fue respondida, aunque sea negativamente, ya no quema. Ya no exige. Se puede vivir sin ella. O eso parece.
Aquí quiero proponer algo que puede parecer paradójico. Creo que el paradigma materialista tiene razón en algo: el sentido como dirección cósmica, como propósito inscrito en el universo, como destino que espera ser descubierto. Ese sentido probablemente no existe. El universo no tiene un guión. No hay una razón final para que estemos aquí. Aceptar eso no es nihilismo: es honestidad. Pero el paradigma comete un error enorme al concluir desde ahí que el significado tampoco existe. Sentido y significado no son lo mismo. El sentido es dirección, propósito, para qué, hacia dónde. El significado es profundidad, peso real, la experiencia de que algo importe genuinamente. Y el significado no depende de que el universo tenga un destino. Depende de que la vida sea habitada con una cierta calidad de presencia, de atención, de apertura. Lo que nos hace sufrir no es no saber para qué vivimos. Es vivir de forma vana. Superficial. Sin que nada pese realmente. Sin que nada nos detenga de verdad. Y esa vanidad no es la consecuencia inevitable de un universo sin sentido trascendente. Es la consecuencia de no haber encontrado una forma de habitar la existencia con profundidad real.
La meditación ha sido presentada en los últimos años principalmente como una herramienta de bienestar y rendimiento. Una técnica para reducir el estrés, mejorar la concentración, dormir mejor. Y puede hacer todo eso. Pero confundir eso con lo que la práctica meditativa es en su dimensión más profunda es como usar una catedral de estacionamiento. En su forma genuina, la meditación no optimiza al individuo. Lo confronta con algo que el paradigma materialista no puede absorber. Hay un punto inapelable en medio de todo el relativismo, un suelo que no puede quitarse: la certeza de existir. Que yo existo no es un pensamiento entre otros pensamientos, es la condición de posibilidad de todo pensamiento. Incluso si lo dudo, la duda lo confirma. Lo que la meditación permite es vivir esa certeza como experiencia directa, no como argumento. Sentarse en silencio y dejar caer por un momento todos los relatos: — quién soy, qué quiero, qué me falta — y descubrir que hay algo antes de todo eso. Algo que no puede ser negado. La pura evidencia de existir. Y en esa evidencia hay algo que el paradigma materialista no puede reducir sin contradecirse: la consciencia. El darse cuenta. El hecho de que en ti ocurre un saber. Que hay algo que es ser tú, ahora mismo, leyendo estas palabras. Eso no tiene explicación. No tiene fundamento. Es radicalmente incomprensible.
La meditación no resuelve ese misterio. Hace algo más importante: te instala en él. Y desde ahí emerge algo que ningún argumento puede producir: asombro. No como emoción pasajera sino como orientación fundamental hacia la existencia. La pregunta más profunda que el ser humano puede hacerse no es “¿cuál es el sentido de mi vida?” sino algo más radical: ¿cómo es posible que algo exista en lugar de nada? ¿Cómo es posible que ese algo sea consciente? Esa pregunta no tiene respuesta. Y precisamente por eso abre algo. Cuando la pregunta existencial deja de ser un problema a resolver y se convierte en un asombro a habitar, la relación con la existencia cambia completamente. La vida no necesita un sentido externo para no ser vana. Tiene peso propio. Tiene profundidad propia. No porque vaya a algún lugar, sino porque es, en sí misma, un prodigio incomprensible.
La pregunta existencial — ¿qué sentido tiene todo esto?, ¿esto es todo lo que hay?, ¿cómo es posible que algo exista? — no es adolescente ni improductiva. No es un lujo ni un síntoma de inmadurez. Es la pregunta más humana que existe. Si en ti aparece aunque sea un susurro lejano, aunque no sepas bien cómo formularla, aunque la hayas silenciado con trabajo y pantallas y planes, merece ser tomada en serio. No para resolverla. Para habitarla. Para dejar que te mueva, que te oriente, que te lleve hacia una forma de vivir que tenga más profundidad y más peso real. Eso es lo que la práctica meditativa, entendida en su sentido más genuino, puede ofrecer: no una respuesta, sino una forma distinta de estar con la pregunta. Con más profundidad. Y, paradójicamente, con más ligereza al mismo tiempo. Porque cuando la pregunta ya no pesa como problema sino que abre como misterio, algo en la vida se suelta. Y lo que queda es más liviano y más real que cualquier sentido que hubiéramos podido encontrar.
“Sin pensar en el bien ni en el mal, ¿cuál es tu rostro originario antes de que nacieran tus padres?”
— Koan de Huineng, Sexto Patriarca del Chan (Zen)