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Una diferencia incómoda

Detalle del centro de la Rueda de la Vida del budismo tibetano.
Los 3 venenos de la mente: ignorancia (cerdo), codicia (gallo) y aversión (serpiente)

Codicia y aversión: lo humano que no queremos ver

por Ricardo Pulido, Director de ASIA Santiago

En tiempos donde la inteligencia artificial nos obliga a repensar qué significa ser humanos, solemos destacar nuestras capacidades más elevadas: sentir, crear, meditar. Pero también hay diferencias más incómodas. Este texto explora una de ellas: la capacidad de desear y rechazar hasta el extremo, impulsados por una ignorancia más honda que la mera falta de datos. No una ignorancia científica, sino existencial: no saber quiénes somos, ni por qué estamos aquí. Desde esa raíz brotan tanto nuestros venenos como nuestra posibilidad de transformación.

En el último tiempo hemos reflexionado sobre lo que nos diferencia de una inteligencia artificial. Hablamos del sufrimiento, del diálogo interior, de la respiración consciente… dimensiones bellas y profundas de nuestra humanidad. Nos gusta pensar que lo que nos hace únicos está en lo más alto de nuestras capacidades: la empatía, la creatividad, la contemplación.

Pero también hay diferencias que preferimos no mirar de frente. Una de ellas —quizás tan decisiva como cualquiera de las anteriores— es nuestra capacidad de odiar y desear sin medida.

La codicia y la aversión no son accidentes de la naturaleza humana: están incrustadas en su funcionamiento más íntimo. Actúan como fuerzas que distorsionan la percepción, ciegan el juicio y nos empujan a actuar incluso contra lo que sabemos, sentimos y amamos. En la tradición budista se les conoce como venenos mentales, y se simbolizan con la gallina (deseo ciego) y la serpiente (odio reactivo).

Ambos beben de una misma fuente: el tercer veneno, la ignorancia (avidyā), representada por el cerdo. No se trata de la ignorancia que se resuelve con datos o educación formal, sino de algo más hondo: no saber por qué ni para qué existimos. Es la incomprensión radical de lo que somos y de la naturaleza misma de la realidad.

A diferencia de una piedra o de un animal, el ser humano está —como diría Heidegger— arrojado, pero con conciencia de su propio arrojo. Y esa conciencia, cuando carece de comprensión profunda, se traduce en vacío, desorientación, angustia. Es como despertar en un escenario sin guion, sin saber quién ha escrito la obra ni por qué estás ahí.

En ese estado de intemperie, la mente busca desesperadamente afirmarse: se aferra a lo que desea y se defiende de lo que teme. Así, el no saber se convierte en terreno fértil para la codicia y la aversión. La ignorancia no es, entonces, un simple telón de fondo: es la condición que alimenta a los otros dos venenos y les da su fuerza.

Por eso, el gran desafío consiste en llegar a ser conscientes de estos venenos. No se trata solo de observar emociones difíciles: surgen del modo en que habitamos el misterio de existir. La conciencia aparece entonces no solo como un don, sino también como una responsabilidad.

Sentir es apenas el comienzo. Comprender lo que sentimos —ver con claridad su origen y lo que lo alimenta— es lo que permite reconocer cuándo los venenos guían nuestra comprensión y acciones. No es un ejercicio de acumular teorías ni de analizarnos sin fin, sino más bien una mirada lúcida y humilde hacia nuestra propia condición de estar arrojados, sin certezas últimas, en un mundo que no hemos elegido. Desde ahí, la relación con lo que sentimos cambia: ya no es pura reacción guiada por codicia/aversión, sino apertura a un lugar más hondo, desde el cual puede brotar la sabiduría y la compasión.

Y ahí aparece la diferencia decisiva: una inteligencia artificial no siente angustia por su condición de no saber por qué existe. No le importa, ni se lo pregunta, porque no es consciente de sí. Y no ser consciente de sí es lo mismo que no sentir el peso —ni la maravilla— del estar arrojado.

La IA no experimenta el vacío, ni el vértigo de reconocerse en un mundo sin certezas. No conoce la inquietud que empuja a buscar sentido, ni el desasosiego que, en nosotros, puede dar lugar tanto a la violencia como a la compasión. Puede procesar información sobre la angustia, pero no puede vivirla. Puede describir el arrojo humano, pero no puede padecerlo ni dejarse transformar por él.

Nosotros sí.

Y ahí está el núcleo de nuestra responsabilidad: lo que para la IA es un dato, para nosotros es una experiencia viva. Esa experiencia puede empujarnos a la codicia y la aversión, o abrirnos a la sabiduría y la compasión.

Esa es nuestra posibilidad más humana: mirar hacia dentro, reconocer la oscuridad y transformarla con lucidez, humildad y cuidado.

Arrojados al misterio: donde nacen los venenos

Hay momentos en que la vida se detiene un segundo y algo en nosotros se asoma a un abismo silencioso: la certeza de que estamos aquí sin saber por qué ni para qué. No es un pensamiento abstracto, sino una sensación física, casi visceral, que puede aparecer en una madrugada insomne, en un duelo, en una enfermedad, o incluso en medio de un día cualquiera, mientras miramos por la ventana o caminamos hacia el trabajo. Es el desconcierto de sabernos presentes en un mundo que no hemos elegido, conscientes de nuestro estar aquí y, al mismo tiempo, incapaces de encontrar una respuesta definitiva. Ese es el arrojo: el punto de partida desde el cual la mente busca aferrarse, huir o construir sentido.

Preguntas para habitar el arrojo

  • ¿En qué momentos de mi vida he sentido de forma intensa y clara que estoy aquí sin saber por qué? ¿En crisis, pérdidas, encuentros, decisiones irreversibles?
  • ¿Y cuándo lo he percibido de forma más tímida o difusa, como en el tedio, un domingo silencioso, o en medio de una rutina que de pronto se vuelve extraña?
  • En esos momentos, ¿qué emociones aparecieron: miedo, curiosidad, tristeza, asombro… o una mezcla difícil de nombrar?
  • ¿Cómo suelo reaccionar ante esa sensación: trato de llenarla, de evitarla, de comprenderla, de distraerme?
  • ¿Qué pasaría si, en vez de huir de ese no-saber, pudiera quedarme ahí un momento más, escuchando lo que trae?

“Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad.”

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